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CRÓNICAS
por Jorge D. González Sáenz
EASTERN PROMISES, DE DAVID CRONENBERG
El cine de mafias y gángsteres ha estado presente desde sus orígenes y a lo largo de toda la
Historia del Cine, siendo el número de films tan extenso que incluso se le ha llegado a
considerar un género cinematográfico. Teniendo en cuenta esto, podríamos preguntamos:
¿Qué nos puede aportar Cronenberg que no nos haya enseñado ya Scorsese o Coppola?
Realmente, vista la película, es difícil considerarla dentro de un film de cine negro “al uso”.

Cronenberg vuelve a rebuscar en el interior de la psicología humana el germen de la violencia,
analizando sus causas y sus efectos, retratados éstos en forma de cicatrices que duran toda
una vida. Para ello elabora una trama en la que los personajes establecen unas relaciones
complejas alrededor de Vigo Mortenssen (Nikolai) y Naomi Watts (Anna).
Nikolai es un chofer de la mafia Vory V Zakone (que significa ladrones de ley), nacido en los
infiernos helados de Rusia, en un mundo cruel y vengativo. Todos los miembros de la banda
llevan unos tatuajes que explican su trayectoria vital y que construyen la personalidad del
individuo. En el film, se puede percibir un estudio exhaustivo de estas marcas, basándose,
como explicó el propio director, en trabajos anteriores documentales como “The mark of Cain”
(de Alix Lambert) y fotografías de presos hacinados en cárceles rusas.
Anna, comadrona de un hospital londinense, se involucra en este ambiente mafioso
indirectamente, al intentar encontrar la familia de un bebé huérfano a través de las anotaciones
del diario de su joven madre, muerta en el parto.

El guión se va construyendo tomando como hilo conductor la relación de estos dos personajes
a partir de dos hechos en principio aislados, la muerte de un ruso a manos de la mafia y de una
joven embarazada. Como el gran maestro narrativo que es, Cronenberg, va desvelando al
espectador una verdad aterradora y deja al descubierto la naturaleza de los personajes,
planteando a su vez una serie de preguntas sin respuesta sobre la propia esencia del hombre y
el mundo oscuro que se esconde en nuestro entorno.
La brutalidad de algunos de los planos contagia a todo el metraje, que se mantiene más
contenido, creando una sensación final en el espectador de violencia extrema durante toda la
proyección. En las escenas de lucha, el artificio técnico nos recuerda a ciertas composiciones
de “El rostro impenetrable” de Marlon Brando, como el uso del contrapicado y la inclinación del
punto de vista, así como al cómic de género negro. Estas escenas, rodadas en espacios
cerrados y claustrofóbicos contrastan con la fotografía exterior de un Londres frío como el hielo
de tonos grisáceos, un Londres fabril como nunca habíamos visto en pantalla grande, obra del
gran Peter Suschitzky. El uso del contrapicado y la inclinación del punto de vista viene siendo
una constante en el último tramo de la filmografía de Cronenberg.
Por último destacar la presencia de cierto humor negro en algunos puntos del metraje, como el
corte de los dedos del asesinado, momentos antes de arrojar su cuerpo al mar, o el acto de
apagar un cigarro con la lengua. En mi opinión, excesivo, no aportando nada nuevo a la
historia, una historia que se vuelve retorcida por momentos y se bifurca demasiado sin
conducirnos hasta un límite claro. Tal vez sea así hasta el plano final, donde Vincent Cassel y
Vigo Mortenssen desaparecen bajo la neblina de la noche, donde se sintetiza en una idea todo
lo que hemos estado viendo. 
En resumen, el film no es tan redondo como su anterior trabajo pero mantiene detalles
interesantes y dobles lecturas, sólo propias de los grandes maestros. Temas como la
verdadera naturaleza del pecado y su influencia en la sociedad están recogidos en la trama, así
como la venganza y el recuerdo continuo de la memoria olvidada. Según palabras de un
filósofo polaco: “Puede que Dios te perdone tus pecados pero tu mente, tu sistema nervioso
nunca te los perdonará”
Jorge D. González Sáenz (oct'07)
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