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CRÓNICAS
por Jorge D. González Sáenz
BUDA EXPLOTÓ POR VERGUENZA
Hana Makhmalbaf proviene de una familia pródiga en el mundo del cine. Hija del distinguido
cineasta Mohsen Makhmalbaf y hermana de Samira Makhmalbaf y contando con sólo 19 años
de edad, dirige su primer trabajo con una maestría y una delicadeza impropias de su temprana
edad.

El guión está dividido claramente en dos partes. La primera sigue la estructura clásica de un
planteamiento de problemas encadenados a la manera de muñecas rusas, en la que el
problema motor inicial es la ilusión de una niña por asistir a la escuela. Va a ser principalmente
ella, Nikbakht Noruz (Baktay), la que lleve todo el peso de la narración (muy bien seleccionada
para el papel, con una cara y una interpretación gestual que conmueve al espectador). Los
recorridos que la pequeña protagonista hace por el entorno de Bamiyán nos permiten
fundamentar un cierto juicio sobre la situación actual de la zona, así como valorar las diferentes
relaciones entre sus habitantes. Es inevitable, por tanto, la comparación que en este tramo de
metraje se puede establecer con otras películas similares del cine iraní, como “El globo blanco”,
de Jafar Panahi, o “¿Dónde está la casa del amigo?”, de Abbas Kiarostami.
La segunda parte, sin embargo, es mucho más poética, estableciendo metáforas directas entre
los juegos sádicos de los niños y el acontecimiento de una guerra entre norteamericanos y talibanes.

Todo el conjunto adquiere un sentido de cuento infantil con moraleja escondida, en la que la
realidad ha invadido la ficción y los sueños de los que viven en ella, en un drama en el que la
violación de los derechos humanos y concretamente, los de la mujer, se acepta como un hecho
cotidiano.
Es precisamente en estas metáforas donde más directamente está influenciada Hana por su
educación familiar cinéfila. Así todos los objetos adquieren un significado concreto, como el
pintalabios, símbolo de libertad y reafirmación de la personalidad de la mujer; el cuaderno,
emblema del aprendizaje y de la sabiduría, que cada vez va perdiendo más hojas y la
esperanza de que alguien escriba algo en él algún día; el barquito de papel, metáfora del juego
infantil por antonomasia, pero también como una guía para encontrar tu camino en la vida, etc.
Son estos detalles los que elevan la calidad de la película y dan una vuelta de tuerca más al
cine iraní de denuncia social, un cine necesario e imprescindible. La reflexión final del cuento,
sin embargo se torna bastante dura, ya que la desesperanza y la opresión de unos y otros no
parecen tener fin, palpables hasta en la célula social más pequeña, la familia, y representada
metafóricamente por los que todavía no pueden tener una conciencia social completamente
desarrollada, los niños.
Jorge D. González Sáenz (oct'07)
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