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CRÓNICAS
por Jorge D. González Sáenz
SIETE MESAS DE BILLAR FRANCÉS
El billar probablemente es uno de los juegos más cinematográficos que existen. Los planossecuencia
que siguen el camino de la bola hasta el agujero, las miradas de los contendientes y
el silencio cortado bruscamente por el choque de las bolas son elementos que, empleados con
destreza, pueden llegar a ser bastante poéticos. Sin embargo, “Siete mesas de billar francés”
no es una película sobre el billar. Éste tan sólo se mantiene como un telón de fondo sobre el
que se analizan las relaciones humanas que se establecen entre un cierto número de
personas, todas ellas marcadas por el signo del fracaso y que, curiosamente, se mueven por la
vida como las propias bolas, de un lado a otro sin encontrar la carambola perfecta que acabe
con sus problemas.

Los diálogos están escritos con una gran maestría y las interpretaciones de Blanca Portillo y
Maribel Verdú sobresalen por encima de las demás, que se mantienen a un nivel bastante
bueno. Precisamente son sus dos personajes los que tienen un carácter opuesto pero
complementario y juntas van ayudándose a mejorar su modo de vida intentando alcanzar un
estatus superior. 
En cuanto al guión, los actores deambulan alrededor de la figura paterna, una figura que no
aparece en toda la película pero que a través de cuadros, fotos y recuerdos sigue gobernando
todo su mundo después de la muerte. Las relaciones afectivas se van estrechando entre unos
y otros y poco a poco, logran sacar a la luz los peores secretos mejor guardados de la familia y
enterrar por fin al muerto, para conseguir ser por fin libres de todo pecado. En un guión de
estas características cumplen una labor muy importante los puntos cómicos, que ayudan al
espectador a relajarse para mantener la atención en los tramos más importantes de la historia.
Éstos son realmente graciosos y llenan de humanidad a los personajes, provocando la
inmediata identificación con cada uno de ellos.
Por otro lado, la música acompaña a los actores en su discurso reforzando el sentido de las
palabras sin prácticamente notarse su presencia. Los fondos sobre los que se recortan las
figuras de los protagonistas son de carácter impresionista, dejando los colores y la iluminación
de los ambientes desenfocados, lo que nos permite centrarnos más en el diálogo, que es lo
verdaderamente importante.

La familia Querejeta vuelve a estar, por tanto, en lo más alto del cine español, con esta película
llena de pequeños detalles, con un guión muy sólido y acompañado de grandes
interpretaciones, que nos van desvelando poco a poco las inquietudes y problemas de un
mundo que perfectamente podría ser el nuestro, y que finalmente nos deja en el candelero una
serie de preguntas interesantes sobre lo que importa realmente en la vida.
Jorge D. González Sáenz (oct'07)


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