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CRÓNICAS
por Jorge D. González Sáenz
A THOUSAND YEARS OF GOOD PRAYERS
El último trabajo de Wayne Wang, Concha de Oro este año, es una película brillante. Temas
tan diversos como la emigración, el respeto a la tradición, la destrucción del concepto ancestral
de familia y la relación entre padres e hijos se dan cita en este film. Todo ello es sugerido por
un guión apenas inexistente, donde la narración desaparece para dejar paso a los sentimientos
humanos y donde la mitificación de los objetos da vida a los recuerdos.
Partiendo de una planificación muy rigurosa y exigente con un ritmo orientalizado, Wayne
Wang ejemplifica la máxima china del Arte de la No confrontación. Jugando continuamente con
el fuera de plano y el silencio que invade la soledad de Mr. Shi (justa Concha de Plata a Henry
O) va poco a poco desgranando la tragedia y la falta de comunicación entre un padre y su hija.
El padre, heredero directo de la China comunista, viaja a EEUU para ayudar superar la crisis
amorosa que está atravesando su hija. Sin embargo descubre una falta de comunicación
enorme entre las dos generaciones y no entiende el mundo modernizado por el que se mueve.
Así establece una amistad sincera con Madam, una señora mayor que huyó de la Revolución
Iraní, encontrándose más cerca de ella que de su propia hija. Mientras que en la hija se percibe
una pérdida absoluta de su identidad cultural y una adaptación forzada a un nuevo país, el
padre intenta entenderla a través de sus objetos y lugares que forman parte de su nueva vida.
Henry O se mueve de forma pausada por los encuadres de Wang transmitiendo al espectador
sus emociones con unos breves pero magníficos apuntes gestuales.
Es precisamente la naturaleza del encuadre, dejando siempre un vacío al otro lado de donde
se sitúa el actor, y el anclaje de la cámara a un punto fijo los dos elementos revolucionarios que
mejor cuentan la soledad y el vacío existencial en el que están sumergidas las personas.
Incluso todo esto es apoyado por la confrontación de los dos idiomas, el mandarín, lenguaje
muy racional y en el que existe dificultad por la expresión más profunda de los sentimientos, y
el inglés, más libre y flexible.

“A thousand years of prayers” es una película muy medida en la que nada se dispone al azar,
con mucha fuerza expresiva, que deja tocado al espectador y le invita a reflexionar sobre los
cambios vividos en el mundo durante los últimos años. Más concretamente sobre el entorno
más cercano, donde la sombra de una sociedad más capitalista, consumista y superficial,
carente de las virtudes humanas contrasta con otra sociedad ancestral de tradiciones
milenarias y espíritu más inmovilista, que es incapaz de adaptarse a los cambios y a la que no
le espera otro final que el de perecer poco a poco en el tiempo.
Jorge D. González Sáenz (oct'07)

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