Si echamos la vista atrás y valoramos debidamente las circunstancias histórico-políticas de la época descubriremos sorprendidos como "La Torre de los Siete Jorobados" es considerado hoy uno de los filmes más extraños y valiosos de los años de la Posguerra española. Tres son sus virtudes fundamentales. Por un lado, su aspecto gótico expresionista, influido por el creciente cine alemán y más concretamente por "El Gabinete del Doctor Caligari"; por otro, la representación idealista de la pujante sociedad decimonónica, caracterizada por el casticismo arraigado dentro de la establecida burguesía de aquellos tiempos y elevado a su más alta categoría cultural por las pinturas goyescas costumbristas; y por último, la captación del ambiente bohemio nocturno que tanto admiraba Edgar Neville, en el que se igualaban todos los estamentos sociales. Estos tres elementos, en principio tan dispares, se encuentran mezclados en un mundo de realidad-irrealidad, conformando un todo interesante y complejo con aire teatralizante que se remonta a una de las grandes obras de nuestra literatura, "La Vida es Sueño".
DE LA CONSPIRANOIA EN EL MADRID CASTIZO. LA VIDA ES SUEÑO. Sin duda lo más interesante del filme es el guión, que juega a combinar el sueño y la razón, lo racional y lo irracional, la lógica y la imaginación. ¿Qué cobra más importancia dentro para el individuo? ¿A qué debemos hacer más caso? ¿A lo racional? ¿A lo imaginario? Es, en este caso, la escena final la que da la clave sobre el pensamiento de Edgar Neville acerca de la dialéctica de estos dos conceptos. El amor, que se declara sinceramente entre Basilio y la bella Inés, resuelve el problema. No importa si la historia de los jorobados es cierta o no, no importa si lo que estamos viviendo es realidad con aspecto de ficción o ficción con tintes de realidad. Lo que verdaderamente importa es el sentir de la vida en toda su profundidad, en forma de sueño o realidad, y es esto precisamente lo que refuerza nuestra personalidad y nos permite conocernos mejor a nosotros mismos y a los demás. En ningún momento Neville separa lo real de lo que no lo es, mostrando a ambos mundos al mismo nivel, un nivel por debajo de la categoría moral de los sentimientos de los personajes y del amor que surge entre ellos. Si algo se conserva en esta vida, son los sentimientos y las pasiones, por encima de todo. La conspiranoia sólo hace de McGuffin de la historia y permite articular con un sentido de causa-efecto las acciones que desembocarán en la escena final.
No es, si no, una nueva modalidad del "carpe diem" renacentista con toque mediterráneo: Vive y sé feliz. O al menos eso es lo que se desprende de las socarronas palabras que Robinsón de Mantua profiere a los dos enamorados: ¡¡Ya basta, Basilio, ya vale!! —refiriéndose al profundo beso que el protagonista regala a su amada Inés.
No es casualidad que el protagonista se llame igual que uno de los personajes de la novela de Pedro Calderón de la Barca, Basilio, que al igual que su homónimo, es un hombre débil e indeciso. Es el único que por su extraordinaria cualidad de poder ver y hablar con los muertos es capaz de descubrir toda la trama que se oculta bajo el suelo de Madrid, el único capaz de conquistar a la bella Inés, a la cual deberá seguir para conocer su secreto y así poder conquistarla. Inés, se identificaría con Segismundo, que vive semirrecluida en su casa en medio de un mundo de fantasmas y sombras, del cual es incapaz de salir y donde además su vida corre verdadero peligro. Al igual que él no puede separar la realidad de la ficción y sólo le queda la esperanza de que alguien, guiado por su extraordinaria belleza, la salve y la devuelva al mundo de los vivos.
También es necesario destacar toda la gama de protagonistas secundarios, integrados en un ambiente castizo del último tercio del Madrid del siglo XIX, que hacen de la película un trabajo único y distinto de los demás de la época, añadiendo un tono burlesco y cómico-satírico a la historia. Cómo no acordarse de la figura del sereno o de la vedette (Benita, de nombre artístico la Bella Medusa), tipos muy característicos de las noches madrileñas más bohemias del siglo XIX y que históricamente han evolucionado hacia prototipos más propios del primer Almodóvar, como son la portera y el transexual folclórico que canta copla en espectáculos de lo más castizos. Estamos de acuerdo con las palabras de Emilio Sanz de Soto, que decía que Edgar Neville consigue en "La Torre de los Siete Jorobados" conciliar el realismo del sainete matritense con el irrealismo del expresionismo cinematográfico alemán.
La música también representa parte de este Madrid idealizado, de la que tomamos como ejemplo la canción de la Bella Medusa, que por su autenticidad y tono burlesco transcribimos a continuación:
Pero si bien esto es cierto, también apreciamos un tipo de humor inglés muy particular en las apariciones de Robinsón de Mantua y del propio Napoleón Bonaparte, que recuerdan a las mejores comedias espiritistas anglosajonas. Me estoy refiriendo en concreto a "Un espíritu burlón" de David Lean, en la que los personajes fantasmales interaccionan a un mismo nivel con los vivos con el objetivo de encontrar una solución eterna a sus problemas. De hecho, la capa y el bastón de Robinsón de Mantua son más propias de un lord inglés que de un noble castellano, contribuyendo de manera especial los efectos nocturnos de niebla, que nos dan un aire al viejo Londres, el mítico Londres de Sherlock Holmes y Jack "El Destripador".
DE UN ESTEPTICISMO PROPIO. LOS RASGOS TEATRALIZANTES. El otro gran aspecto a analizar en el film son los rasgos artísticos y su consonancia con el guión escrito. Los bajos fondos madrileños, la crítica a la moral burguesa imperante y la representación de una conspiración judeo-masónica (en la novela original los jorobados son masones pero no se pudo poner por motivos de censura) se ven materializados en los decorados y exteriores creados con un aire eminentemente pictorialista y teatralizado. Hay que recordar que el cine a pesar de ser el gran medio de comunicación para la transmisión de ideas todavía no se había desarrollado lo suficiente para poder indagar en su propia naturaleza audiovisual y crear un arte independiente. Evidentemente estamos generalizando y obviando todos los hallazgos y experimentos que realmente se van a aplicar con la invención de la Televisión y el desbancamiento del Cine de ese primer puesto de comunicador audiovisual. En España, con el retraso técnico y artístico que se vivía respecto a Europa, la situación se hacía más acuciante (obviando casos tan extraordinarios como el de José Val del Omar, Nemesio M. Sobrevilla o algún otro). Es por eso por lo que la película se apoya en otros medios artísticos como la literatura (de la que ya hemos comentado las influencias de Calderón de la Barca), la fotografía, la pintura y el mismo teatro, que guía la interpretación de los personajes. Es por eso, por lo que algunas cosas parecen impostadas y la película no logra separarse de todas las Bellas Artes en las que se basa, que pesan como una losa y dan una sensación de artificiosidad.
Las interpretaciones principales son de una calidad bajísima contrastando con las de los secundarios, que no sólo están mucho mejor, sino que contribuyen a generar un ambiente esperpéntico y misterioso que hace que el espectador se sienta incómodo y crítico con aquello que está viendo. En definitiva, se aprecia un gusto especial por lo grotesco, gusto que entronca de lleno con algunos filmes expresionistas alemanes.
En el aspecto fotográfico hay que destacar los grandes decorados expresionistas creados para la realización de la película. Las cuevas recuerdan demasiado al Gabinete del Doctor Caligari y los paseos por dentro de éstas al tramo final de "El Tercer Hombre", donde Orson Welles es perseguido a través de las alcantarillas de Viena. La estructura sugerida a través de la sucesión de espacios y sus comunicaciones exteriores con el Madrid decimonónico se nos plantea la siguiente cuestión: ¿Cómo las cuevas pueden llegar hasta el piso de Inés, que está situado en un primero o un segundo? Desde luego la fantasía lo justifica, sí, ¿pero hasta el punto de atravesar el espacio-tiempo? Aquí es necesario señalar lo importante de este argumento, ya que al clausurar esta entrada, Inés va a perder todo el contacto con la fantasía, posibilitando su vuelta a la realidad.
Por otro lado no hay que dejar pasar el propio decorado de la Torre, con esas escaleras en forma de vórtice que bajan directamente hacia el Infierno. Sin duda, son las cárceles de Piranesi las que han servido a Neville como inspiración directa.
En todos los decorados está sumamente cuidada la calidad fotográfica, así como los efectos de luces y sombras, lo que invita al misterio y a la sugestión del sueño. Sin embargo, todos ellos están influenciados por la corriente fotográfica dominante en toda la primera mitad del siglo XX, el pictorialismo español.
El pictorialismo europeo, que surgió a finales del XIX con la finalidad de ingresar a la Fotografía en el Salón de las Bellas Artes, se afinca en España con un valor "pretendidamente documental". Muestran supuestamente los valores de la España en la que ellos viven, que difiere mucho de la España real. Son las virtudes de lo que podemos denominar la España Eterna, mitificada por la Generación del 98, lo que estos fotógrafos van a querer representar. De esta manera, la España tradicional y la España de costumbres van a ocultar toda la miseria de la España real, la cual tampoco se muestra en la película.
La decoración de algunos de los interiores, como el Casino o el teatro de la vedette "La Bella Medusa" pertenecen al Art Nouveau o Modern Style, arte que va de la mano del pictorialismo, encajando a la perfección con todos los efectos de luces y sombras y con las formas curvilíneas y profusamente decoradas de los escenarios. En este sentido, se podría destacar uno de los fantásticos planos que representan muy bien esta idea. Me refiero al plano fijo de la ruleta moviéndose, que más que estar iluminada, parece irradiar una gran cantidad de luz que llena toda la estancia.
Edgar Neville, va ser un gran conocedor y admirador de este tipo de Arte, lo que le va a permitir integrar todos estos elementos, creando una serie de ambientes de ensoñación muy teatralizados. Si algo hay que criticar de E. Neville es precisamente este parecido con el teatro, que hace que el Cine no logre despegar como arte independiente y le mantiene atado a una serie de estructuras rígidas que no le son propias. Ni elementos como la elipsis, el fuera de campo, la distorsión del sonido, la separación dialéctica imagen-audio y otros mecanismos pertenecientes a la naturaleza cinematográfica son empleados para traducir las ideas de sueño que quiere transmitir el autor. Tendríamos que esperar algunos años más, a que estos descubrimientos se vieran puestos en práctica con total naturalidad entre los cineastas españoles. Si bien, es cierto, que a pesar de todo, hay una profunda crítica a la moral burguesa, moral con la que Edgar Neville no estaba en absoluto de acuerdo, queriendo dar a conocer su decadencia por medio del esperpento. Todas y cada una de las mujeres burguesas que se encuentran apostando en el Casino, la glotona Doña Magdalena o los científicos autistas son algunos de los ejemplos más significativos.
Es por eso que nombramos a Neville autor estéptico, porque a pesar de su adhesión a la vida y arte de la burguesía la crítica hacia ella es implacable, cuestionándose a cada paso la relajación de costumbres que este grupo social influyente llevaba cometiendo desde los años de la Guerra Civil. El ideario de la España Eterna se ve roto y ajado por todos los lados. Es el primer paso para la construcción de una nueva entidad nacional, más limpia y apegada a la realidad y sin tan altas pretensiones idealistas. Sin miedo a equivocarnos podemos decir que Edgar Neville, como cineasta, literario, dramaturgo y sobre todo, intelectual, fue uno de los primeros que abrieron la caja de las libertades en España y dio los primeros pasos para que los Berlanga, Bardem, Saura y compañía pudieran en los años sesenta dar ese salto de calidad que el Cine Español tanto necesitaba. ![]() Chaplin y Neville
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