El domingo, después de los fastos de la Fiesta de Clausura, me acerqué a ver la segunda
película de Gerardo Olivares, ganadora de la 52ª Espiga de Oro de la SEMINCI. Más por
vergüenza cinéfila, que por otra cosa. Antes del análisis es necesario comentar varios temas.
En primer lugar, esta película es un caso atípico. Atípica por varias razones:

- Primero. Es una película española. Una producción de nuestro país en este festival nunca ha
gozado, ni del beneplácito del público ni de la crítica. También es verdad que el nivel de los últimos trabajos españoles presentados en años anteriores ha sido más bien bajo.
- Segundo. Nadie se esperaba que se alzara con el máximo galardón. Hecho constatado es
que algunos de mis compañeros periodistas la dejaron pasar. Hay que reconocer que yo me
encuentro entre ellos, aunque siempre sabía que disponía de la segunda oportunidad de la
sesión de Fuente Dorada del domingo.
- Tercero. No sólo le dieron uno, sino tres. En principio esto podría ser motivo de alegría, pero
visto con más perspectiva y observando todo el palmarés nos damos cuenta de lo siguiente:
Tres películas se llevan casi todos los premios, lo que generalmente no suele pasar en un
festival de estas características. Sólo suele ocurrir cuando el nivel de las ganadoras está muy
por encima de las demás o no hay nada más que premiar. Dejo la pregunta en el aire, y como
diría Lou Jacobi en “Irma, la dulce”: Esa es otra historia.

Con todo y con ello me atreví a verla. Sentía curiosidad por ver lo que habían premiado. Las
palabras con las que el director hacía promoción del film eran las siguientes:
“14 KM: Es la distancia que separa el continente africano de Europa por el Estrecho de
Gibraltar. En las noticias sólo nos enseñan el final del viaje, un viaje que comienza a miles de
km de nuestras costas y que puede durar años. Para cualquiera de nosotros, intentar llevarlo a
cabo sería una auténtica pesadilla.”
Preparándome para ese viaje iniciático me aposenté cómodamente. Lo primero que se aprecia
en la presentación de personajes es la presencia de la fotografía. Una fotografía que te
deslumbra, con los colores tan vivos que resaltan de las vestimentas y la luz amarillenta tan
potente que se respira en la ribera del río (claro, que todo esto casi nos lo tuvimos que
imaginar, porque o la copia o el proyector no estaban en las mejores condiciones. Pero esa
también es otra historia).

Los personajes, estereotípicos, están a punto de realizar el éxodo a las costas europeas. En
medio del viaje la música de Santi Vega con canciones de Youssou N´Dour y otros cantantes y
compositores africanos nos embelesa. Sin embargo, en la pantalla vemos una cosa bien
distinta: el sufrimiento que estas gentes están soportando con el objetivo de alcanzar el lugar
soñado que mejore sus condiciones de vida.
Termina la película y me voy con una rara sensación. Por un lado, no se puede negar que la
fotografía, la música son excelentes. La historia y el desarrollo narrativo no están nada mal.
Empiezo a pensar en otro tipo de películas que se le parezcan y me salen varios títulos de
directores africanos, sobre todo, Idrissa Ouedraogo y Ousmane Sembene.
Si analizamos, por ejemplo, “Yaaba” de Ouedraogo comprobamos que la fotografía es increíble
pero no destaca sobre la película. La sensación de luminosidad de África se nos da muy
claramente pero la historia está siempre por encima, y el paisaje tiene la suficiente fuerza como
para no tener que añadirle filtros ni embellecerlo.
Lo mismo pasa con “Mooladé” de Sembene. Los colores de los trajes y la arquitectura tribal son
el escenario perfecto para el desarrollo de la historia, pero la expresión de los rostros de los
actores están en un plano por delante. Por otro lado, la banda sonora son los propios cánticos
naturales de las mujeres de la tribu.

Esto no pasa en la película de Gerardo Olivares. La música y la fotografía le dan un tono
edulcorado que te sacan de la película. Normalmente en cine, la suma de dos componentes
buenos no da uno mejor, sino que tienden a superponerse uno sobre el otro terminando por
anularse. Según Claude Chabrol, “la función de la música consiste en recordar al espectador
que lo que ve sólo es una parte de la realidad que se le presenta.”
Como un film debe ser musical en sí mismo, no es suficiente una música que se limite a
subrayar el ritmo de la película. Aquí se cae en este error. Bette Davis siempre decía que
subiría las escaleras corriendo con la condición de que Max Steiner no las subiera al mismo
tiempo. En “14 Km” Santi Vega sube las escaleras a la vez que Gerardo Olivares. Lo más
seguro que pueda pasar es que se caigan los dos.

En el aspecto positivo sí me gustaría destacar el tono documental de la historia, la
interpretación natural de los actores y el desarrollo evolutivo de los personajes, con los cuales
vamos conociendo de la mano de ambos las terribles realidades que tienen que superar. A
pesar de todo, me ha parecido una buena película, muy interesante para conocer la parte de
realidad que nos ocultan los telediarios y superior a casi todo lo que hemos visto esta
SEMINCI, pero he estado obligado a destacar este aspecto negativo que muchas veces pasa
desapercibido por un espectador no muy formado y por la crítica en general. En resumen, lo
mejor que pueden hacer es verla y, luego, compartiremos opiniones.
Jorge D. González (nov'07)