Los músicos de blues están hechos de otra pasta: ya nos lo demostró en mayo el veterano John Mayall, que conserva un sorprendente estado de forma dando un concierto notable, lo certificamos una vez más con el ilustre B.B. King, y también podremos apreciarlo cuando veamos en julio actuar en la ciudad del Pisuerga al albino Johnny Winter. A pesar de que algunas leyendas del género tengan una edad avanzada y/o una salud debilitada, su entusiasmo por los escenarios les insufla la energía suficiente para satisfacer a unos aficionados deseosos de verles tocar clásicos. En el 2006 Riley B. King anunció su último tour pero la despedida no fue definitiva, puesto que siguió ofreciendo bolos. En junio de 2010 España volvió a contar con la presencia del enorme bluesman, en esta ocasión en Madrid, Valladolid, Granada y Murcia. En una entrevista reciente realizada por Lino Portela para el diario El País, ante una pregunta sobre su posible jubilación el Rey del Blues fue explícito: “¿Jubilarme? Todo el mundo lo hace alguna vez. Yo solo lo haré cuando me llame el de arriba. Ya no toco tanto como antes, cuando hacía 300 conciertos al año, pero algún día todos tenemos que parar”.
Nacido en 1925 en una plantación de algodón de Itta Bena (Mississippi), desde pequeño llevó la música en el espíritu, tocando ya en su juventud donde podía, y en 1947 se desplazó con su guitarra y unos pocos dólares en el bolsillo a Memphis, donde empezó a grabar. En los años siguientes cosechó sus primeros éxitos, dejando ya cifras para el recuerdo, como los 342 conciertos que dio en 1956, cuando quería abrirse un hueco en el mercado. Este guitarrista, cantante y compositor ha trabajado duro a lo largo de las décadas, teniendo a sus espaldas más de 50 álbumes publicados, celebrando miles de actuaciones y habiéndose relacionado también con figuras del rock, entre otras los Rolling Stones. Asimismo ha recibido multitud de premios y honores, que reconocen la trayectoria de un artista fundamental en la difusión del blues por el mundo.
Antes de comentar la actuación de B.B. King, debemos dedicar unas líneas a The Funk On Me, la banda compuesta por músicos españoles y norteamericanos encargada de abrir el espectáculo. Se citan en su árbol genealógico influencias de Rance Allen, Little Milton, Johnny Adams y otras referencias que, aun siendo ciertas, no reflejan con precisión la propuesta de T-FOM, que bebe también de Maceo Parker y Tower Of Power. En su único trabajo discográfico hasta el momento, compuesto por Ferni Córdoba y por el saxo tenor Rubén Morán, grabado en Nueva York y editado por Universal Records, contaron con la colaboración de Fred Wesley, Vincent Gardner y Kat Dyson. Este numeroso combo –formado en esta ocasión por 10 integrantes, entre los que se incluyó una corista- estuvo algo más de una hora sobre las tablas aprovechando muy bien su tiempo.
El pistoletazo de salida con “Yo, Funk It Up”, seguido de “Proud Of What I Do” dio paso a una sucesión de temas en los que un público receptivo pudo vibrar al son de funk, soul y blues. Las notas extraídas con nervio, la lubricada sección de vientos, el impacto rítmico, las teclas traviesas y los matices eléctricos de la guitarra generan esta nutrida y fresca ensalada de sonidos negros, que se adereza y materializa con la extraordinaria voz de Ferni. El final llegó con el marchoso “No Good For Me Know”, que incluyó una mini jam y dejó un buen sabor de boca.
Durante los preparativos previos a la actuación principal se sentía la expectación de ver a B.B. King en un recinto que reunió a 4500 personas. Como de costumbre, su banda de acompañamiento calentó motores antes de que apareciera el antiguamente apodado "The Street Blues Boy King". Un colectivo experimentado de ocho músicos trajeados dirigidos por el trompetista James Bolden, que demostraron a lo largo de hora y media aproximadamente un gran respeto a la tradición de King en el blues eléctrico, el soul-blues y el R&B, y una efectividad y cohesión a prueba de bombas. En los primeros instantes la mezcla de sonido estaba algo embarullada, mejorando al poco tiempo, aunque sin llegar a tener la calidad deseada.
Ya en la tercera pieza se produjo el delirio: "¡¡¡Ladies and gentlemen... Mr. B.B. King!!!" , y salió a escena el hombre que todos estábamos esperando, se sentó, abrazó su mítica guitarra Lucille -en honor de una que salvó de un incendio provocado por dos hombres que se peleaban por una mujer llamada así-, y comenzó a emitir su característico y penetrante sonido. A lo largo del concierto experimenté una sensación similar a la que tuve en julio del 2000, cuando vi en Pontevedra a Ray Charles: el estar ante un gigante de la música popular afroamericana, una experiencia que quizá no se pueda repetir.
El standard “Every Day I Have The Blues” de Memphis Slim fue el primero cantado por King y tuvo una dinámica que volvió en otros momentos: los solistas van interviniendo, se pasan el relevo, crean colchones sonoros seguros y el líder dosifica su participación, perfilando el conjunto. Es evidente que el autor de obras maestras como ‘Live At The Regal (1965) y ‘Live In Cook County Jail (1971) ya no es el guitarrista de antaño, pero eso no es óbice para que, con 84 años, todavía pueda dar destellos de magia y emocionar con la expresividad de su Gibson de caja negra; asimismo, conserva una buena capacidad vocal, como se pudo apreciar en diferentes cortes, entre otros un “Ain't That Just Like A Woman” (Claude Demetrius, Fleecie Moore) hábilmente secundado por los vientos y rematado por los punteos de este patriarca del blues, o el “Key To The Highway” de Charlie Segar con su sentida ambientación, en el que el monarca, ubicado en el centro del escenario, nos mandó unos besitos a través del micrófono tras entonar “so give one more kiss”. King mantenía su magnetismo y su gran poder de comunicación ante un público que le adora y del que buscaba su contacto e interacción, como ponía de manifiesto en sus bromas y comentarios.
El tema de cosecha propia “Blues Man” incluyó un inspirado solo de trompeta por parte de James Bolden y la compañía del fino guitarrista Charles Dennis, que tenía durante la actuación un papel importante en su relación con King y cuya sonoridad era diferente a la del líder -que estaba a un volumen mayor que el del resto-. El clásico de Blind Lemon Jefferson “See That My Grave Is Kept Clean”, de menor instrumentación que otros, fue un previo agradable a la intensa lectura del “When Love Comes To Town” de U2. Con sus seguidores totalmente entregados se enfiló el tramo final del concierto con una apuesta ganadora: “You Are My Sunshine” de Jimmie Davis y Charles Mitchell, su hit “Rock Me Baby”, el exitoso “The Thrill Is Gone” de Rick Darnell y Roy Hawkins, y el himno de gospel “When The Saints Go Marching In”. Mientras sonaba esta canción típica de Nueva Orleans, B.B. King nos dejó una de las imágenes más entrañables de la velada al saludar, dar a su querido público muchas púas y otros objetos (como si estuviera lanzando caramelos en una cabalgata), y despedirse con un abrigo que le pusieron sus colaboradores, a modo de Padrino del Blues. Una vez concluido “The Saints” la banda se retiró y ya no volvió a salir.
Uno de los espectáculos destacados de la programación de Grandes Conciertos de Valladolid se convirtió, como era previsible, en una fiesta alrededor de una música tan auténtica como es el blues. No quisiera finalizar estas líneas sin agradecer el excelente trato que me dio el departamento de prensa de la promotora y, por otro lado, el asesoramiento que me prestó mi buen amigo José Alberto Valverde en la realización de este artículo. Texto: Borja Sánchez Mayoral
|