CHRISTINA ROSENVINGE

Sala Porta Caeli, 20 de septiembre de 201. Valladolid

Mis amigos rockeros se hacen cruces cuando encuentran los discos de Christina Rosenvinge en mi salón. Y los (también) amigos de Porta Caeli, que a estas alturas seguramente están aburridos de mi cara, me toman el pelo cuando llego a la sala y me cuelo discretamente en la prueba de sonido. Pero es que es cierto. Más allá de las canciones que todos recordamos de nuestra adolescencia, y del morbo (esto también lo admito), siempre he creído que es una compositora con momentos brillantes, aunque ahora (al menos esta noche, en esta sala) la hayan condenado al ostracismo los mismos indies que mojaban la cama con los discos de la etapa neoyorquina y el que grabara con Nacho Vegas.  

Christina sale a escena ante un aforo mediado, en compañía de un guitarrista y una cellista (más adelante los tres se turnarán frente al teclado), sonriente aunque algo distante (así será durante toda la actuación; quizá está acostumbrada a los festivales y grandes recintos abarrotados y se viene abajo ante la escasa concurrencia vallisoletana). Se sienta, invita al público a que haga lo mismo frente al escenario y la atmósfera de la sala se transforma de una forma curiosa, se hace más íntima, más acogedora, como si estuviéramos en el salón de alguien, donde la gente aplaude cálidamente al término de cada tema pero entretanto escucha fascinada, susurrando apenas. Y en este formato, hasta los temas de siempre sufren una metamorfosis parecida.

La elección del repertorio es algo desconcertante, aunque supongo que en esta gira Christina ha escogido las canciones que ofrecen más posibilidades en esta clave, rescatando composiciones de la trilogía de discos “malditos”, aparcando otras más o menos previsibles y negándole el protagonismo a La joven Dolores. Así, comienza la actuación con “La distancia adecuada” y “Nadie como tú”, una canción brutalmente sincera, que reinterpretada de esta forma resulta aún más emocionante, sobre todo gracias a la nota dramática del cello. Siguen “As the Wind Blows” y “1000 pedazos”, con la que explica que se ha reconciliado recientemente, y que surte el mismo efecto: aunque hasta esta noche era una canción pop inofensiva, ahora se convierte en una queja susurrante y desgarradora, uno de los momentos culminantes del concierto. A continuación, “36” quizá les pasa desapercibida a las amigas que luego se abrazan y cantan “Tú por mí” (que son unas cuantas), pero para mí encierra mucho significado; otra inclusión tan inesperada como agradecida.

 

La sección más intensa del concierto empieza con “Eclipse”, con esa escalofriante melodía del coro sobreponiéndose a las teclas aporreadas, la guitarra deliberadamente áspera y la melancolía trágica del cello, continúa con “Tok tok”, que en los últimos compases se convierte en una auténtica demostración de ruidismo, “Alta tensión”, donde no decrece la energía, aunque sea más contenida, y “Mi vida bajo el agua”, la primera aparición de La joven Dolores, otro de los momentos destacados de la noche, en una reinterpretación sorprendente.

“Animales vertebrados”, donde Christina introduce refrescantes variaciones de la melodía, da paso a uno de esos silencios incómodos que causan los problemas técnicos, en el que habría bastado una anécdota, una de esas historias que ella cuenta como si estuviera compartiendo un secreto con el público, para que toda la sala estuviera en vilo, pero la artista, que tiene una de esas miradas que te rompen todos los huesos del cuerpo, está algo ausente, o quizá molesta, guarda silencio y la corta espera se hace interminable.

 

Afortunadamente la banda recupera el pulso del concierto en el último tramo, con reminiscencias de eso que ahora llaman americana en “Tu sombra”, en la que Christina se calza una pandereta en la bota, y sobre todo “Negro cinturón”. A modo de desenlace suenan el estribillo naïf de “Anoche (El puñal y la memoria)”, la cariñosa venganza de “Weekend”, donde la guitarra eléctrica ofrece un magnífico contrapunto a la ternura de la letra, y otro de esos temas relativamente desconocidos, “White Hole”. Los bises estaban previstos, desde luego, pero solo llegan al cabo de unos minutos y cuando llegan son breves y me da la impresión de que un poco desganados: “Jorge y yo”, una de las canciones más inspiradas del último disco, una historia conmovedora, y que digan lo que quieran mis amigos, y finalmente “Canción del eco”, antes de que Christina, de nuevo encantadora y sonriente, abandone el escenario para hacerse fotos con un buen número de seguidores. (Luego, en el camerino, cuando posa con la guitarra para nuestro fotógrafo, vuelve a ponerse la careta de chica dura. Y esa mirada.) 

Txt. Juanjo LLanos

Fotos. David Izquierdo

valladolidwebmusical/cylcultural******crónicas