Rufus Wainwright

con la Orquesta Sinfónica de Castilla y León

Sábado 25 de Febrero de 2012
Auditorio Miguel Delibes (Valladolid)


Para un neófito (por no decir profano) en el mundo de la música clásica como yo, resulta complicado realizar una crónica como la que nos ocupa yendo más allá de la dicotómica respuesta de “me gusta / no me gusta”. Para ser sinceros, aparte de las composiciones más reconocidas o “clásicas” (valga la redundancia), mis conocimientos en esta materia son más bien someros, aparte de que ni conceptual ni musicalmente me siento con la capacidad para juzgar el quehacer de una orquesta sinfónica. Por ello, mis comentarios sobre el concierto se ceñirán principalmente al plano emocional, a lo que Rufus Wainwright y la Orquesta Sinfónica de Castilla y León (en adelante OSCyL) transmitieron el pasado sábado 25 de febrero en el Auditorio Miguel Delibes.

La velada comenzó con una parte eminentemente imbuida en la ortodoxia clasicista, con la OSCyL interpretando, bajo la dirección del colombiano Andrés Franco, la obertura carnavalesca de Dvořák, bastante oportuna en relación a la época del año que acabamos de dejar atrás. Acto seguido, hizo su aparición en el escenario Mr. Wainwright, ataviado con un elegante traje gris, y su sola presencia bastó para suscitar la primera reacción entusiasta del respetable. El norteamericano, exclusivamente a la voz en esta etapa inicial del concierto, interpretó de forma seguida (pidió que no se aplaudiese entre pieza y pieza para que la gente pudiese percibir el espíritu original de las obras) cinco sonetos de Shakespeare musicados por él mismo, manteniendo incluso el inglés antiguo en el que fueron escritas las obras.

Tras un parón de 15 minutos, el concierto se centró en tres composiciones del propio Rufus, que fueron interpretadas por él al piano con el apoyo de la OSCyL. Esta parte, más desenfadada en cuanto al ambiente, culminó con “This love affair” (al principio del concierto se nos avisó de que “What would I ever do with a rose” no se iba a interpretar), canción en la que cometió una pequeña equivocación en sus notas iniciales. Para quitar dramatismo al asunto (una nimiedad en otros ambientes), paró y volvió a empezar, afirmando que no pasaba nada por empezar de nuevo el tema ya que “estamos en un concierto de pop”.

Posteriormente, dejó de nuevo el piano a un lado para interpretar vocalmente “Las noches de verano” de Berlioz, bromeando y realizando analogías entre el pelo del compositor francés y el suyo. Tras esta parte, donde Rufus volvió a la parte más lírica (y donde dejó de nuevo muestra de su magnífica y bien entrenada voz, una constante durante todo el concierto), la informalidad volvió a escena con “You go to my head” y “Somewhere over the rainbow”, piezas en las que se acercó a un registro crooner, con unos interludios en los cuales un locuaz Wainwright alabó a España por el matrimonio homosexual y bromeó sobre el New York Times y otros asuntos.

Parecía que la actuación iba a finalizar con la última composición reflejada en el programa: “Oh, what a world”, del propio Wainwright, interpretada por la orquesta al completo con Rufus a la voz, pero un amago de conclusión nos llevó a uno de los momentos más bellos de la noche: una versión de la celebérrima “Hallelujah”, de Leonard Cohen, una de esas canciones que se han grabado a fuego en el corazón de mucha gente, con una emotiva interpretación que se acercó por momentos más a la revisión del añorado Jeff Buckley que a la del genio de Montreal (especialmente por el tono de voz). Posteriormente, de nuevo delegando el protagonismo musical a OSCyL y centrándose en la voz, Rufus presentó parte de “Prima donna”, su primera ópera.

Tras finalizar, se produjo una más que intensa ovación, que se prolongó durante minutos con el público aplaudiendo de pie, lo que generó múltiples entradas y salidas del escenario tanto de Wainwright como de Andrés Franco para agradecer a los asistentes su entusiasmo mediante saludos, reverencias y besos al aire. Ante tanta insistencia, el músico norteamericano volvió al escenario para despedirse con una interpretación al piano y a la voz, con una bella y breve pieza que puso fin a una actuación ciertamente especial, llevada a cabo por todo un dandy acompañado por una orquesta sinfónica en un marco incomparable. Una de esas actuaciones que, me temo, son irrepetibles.

Crónica: Álvaro R. Osuna
Fotografías: Antonio Macías

 

 

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