THE BREW + HOLLOW DAYS

Sala Porta Caeli (Valladolid), 10 de noviembre de 2012

 

La banda de la que habla todo el mundo. Admito que antes de esta noche había escuchado algunos de sus discos de estudio y que no me habían contagiado el mismo entusiasmo que a los críticos y los fans que habían asistido a sus dos visitas anteriores.  Pero en esta ocasión David Izquierdo, autor de las fotos que acompañan esta crónica, compañero de correrías y tipo con criterio, me tendió una emboscada consiguiéndome una acreditación para el concierto. Me siento en la obligación de mencionarlo porque no he dejado de agradecérselo desde entonces.

Lo primero que observo con cierta sorpresa cuando entro en la sala apenas unos instantes antes de que comience la actuación de Hollow Days es que esta noche no existe separación física alguna entre el escenario y el público, lo que un buen amigo describe irónicamente como “el semicírculo de la muerte”que desgraciadamente se forma en tantos conciertos. Lo segundo es que una parte significativa del público se compone de curiosos que sin duda no acuden a demasiados eventos de este tipo (una chica está enseñándole el gesto de los cuernos a una amiga que la mira con cara de desconcierto) y de chavales más jóvenes, sobre todo entre las primeras filas. Me consuela que no hayan heredado el esnobismo de sus hermanos mayores (entre los cuales imagino que debería incluirme) y supongo que es una muestra de la creciente reputación de The Brew en España. Sea como fuere, lo encuentro un síntoma saludable.   

Los viejunos asistimos a la actuación de la banda de Conner Smith con cierta condescendencia. A grandes rasgos, es una formación convincente, que emula los sonidos de los discos clásicos que sus componentes seguramente han escuchado en casa desde niños (de eso tampoco hace demasiado tiempo) maquillándolos con algunos recursos del indie británico de los últimos años y obteniendo una respuesta favorable del público, que sigue aumentando durante el concierto. Pero con ciertas canciones se adivina que aún no se han encontrado a sí mismos como compositores, y cuando se atreven con el repertorio de los Doors es inevitable que se pongan de manifiesto tanto las virtudes como las carencias del trío.

The Brew son otra historia. Desde el mismo momento en el que suben al escenario con el tema de “El bueno, el feo y el malo” demuestran que son una banda realmente clásica, tanto en la forma como en las actitudes, al estilo de los grandes nombres británicos de los años sesenta y setenta, una combinación del sonido añejo de la guitarra de Hendrix, la base rítmica de Led Zeppelin y la energía desbordante de los Cream más inspirados.

El repertorio se basa ampliamente en el reciente disco en directo Live in Europe, incluso en ciertas intervenciones de Jason Barwick al micrófono; de hecho, escuchándolo ahora, mientras escribo, se me ocurre que quizá algunos de los fans más informados lo encontrasen un tanto predecible. En todo caso, el concepto de canción al uso no se aplica al directo de este grupo. Es tanta la clase y la elegancia de los desarrollos instrumentales, de los detalles que enriquecen cada una de las composiciones, así como de la manera tan fluida en la que estas se suceden, que casi puede hablarse de una sola canción con distintos movimientos. ¿Pretencioso? Desde luego. Pero os aseguro que esa es la sensación que transmiten, sobre todo en momentos tan emocionantes como “KAM”. Es algo hipnótico. Y las referencias tampoco son gratuitas; cuando Barwick empuña el arco y Kurtis Smith hace astillas una baqueta durante el solo de batería y sigue tocando con las manos desnudas es imposible no acordarse de cierto conjunto británico. (“Ahora entiendo lo que sentía la gente viendo a Led Zeppelin en directo”, le chillo al teléfono cuando salgo de la sala, y lo digo en serio.)

Llega la despedida con “A Million Dead Stars”, naturalmente, y los tres músicos atienden a sus seguidores como ingleses bien educados, haciéndose fotos y firmando discos en el puesto de merchandising, donde se ha formado una cola considerable. Yo mismo, aunque no me considero demasiado mitómano, cambio algunas palabras con el bajista Tim Smith (en efecto, el padre de Conner y Kurtis) y estrecho la mano de Barwick antes de irme. Y si nos hacen otra visita, juro que me reconciliaré con el karma tirándole de las orejas a otro amigo para que venga conmigo a verlos. Creo que no tengo más remedio.

 

Texto: Juanjo LLanos.

Fotos: David Izquierdo

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