Bunbury.

Auditorio Miguel Delibes. 8-12-14. Valladolid

 

Texto: Candido Cisneros
Fotos: José María GIUSEPPE

Ya había ganas por parte de la audiencia castellana de ver por estos lares a Bunbury. Tras la fatídica cancelación del concierto el pasado Junio, la banda tenía claro, como dijo el propio Enrique, que venían a “saldar una deuda”. Y vaya si la saldaron.

He de comenzar comentando que siempre nos quejamos en este país de los recintos donde los rockeros tenemos que ver los conciertos. Que si una plaza de toros que suena fatal, que si un campo mal acondicionado, un escenario que se cae… sobresaliente es la palabra que puede definir al Delibes. Un auditorio en condiciones, con una sonoridad impresionante, siempre orientado a la música clásica (de hecho, en el mismo recinto se encuentra el Conservatorio) pero que en esta ocasión dio la talla, más que de sobra para un concierto de rock. Impresionantes instalaciones, impresionante teatro, impresionante escenario, impresionante sonido y, a miedo de repetirme diré que: Impresionante.

Nunca había visto yo cosa igual a lo acontecido en Valladolid. La introducción ya hizo que el público prestase una atención insólita al evento, algo muy extraño en un tema de esas características. En formato grabado y con un ovni de formato clásico, el típico plato circular, presidiendo la escena desde la pantalla, Los Santos Inocentes (nombre de la banda de Bunbury) se personó en escena, mientras continúa la actividad espacial en la pantalla. Cuando este abrió su parte inferior, una luz que salía de él, como si fuese real, dejó aparecer a un Enrique Bunbury que con su sola presencia inmóvil ya nos tenía a todos metidos en el bolsillo.

El repertorio fue similar al que la banda ha presentado todo este año a lo largo y ancho de toda América. Arrancando con “Despierta” y “El Club de Los Imposibles”, Enrique tuvo un coro de 1200 personas que duró todo el concierto. Jamás había visto un público tan entregado como el castellano de esta noche. Cantaron absolutamente todas las canciones del concierto. El patio de butacas poco duró con la gente sentada en sus asientos. Al principio costó un poco y el público sólo se levantaba para aplaudir cada canción, pero en poco tiempo la constante fue ver los asientos recogidos.

Haciendo un repaso de todas las épocas de su carrera en solitario continuó el concierto con la reciente “Los Inmortales” y la antiquísima “Contracorriente”, la cual llevaba cierto aire arabesco, muy diferente al original de “Radical Sonora”, algo muy propio de sus giras y conciertos. Alternando más temas de “Palosanto” con otros discos llegan “Hijo de Cortés”, “Ódiame” y “Más Alto Que Nosotros Sólo el Cielo”. Son principalmente las canciones de este último disco, salvando alguna excepción, las que llevan un fondo proyectado en la pantalla de la que hablábamos antes. “Porque las Cosas Cambian” y “Destrucción Masiva” dan paso a dos de los momentos más enérgicos de la noche en lo que a emociones se refiere. El primero llega con “El Extranjero”, uno de los emblemas del “barco Bunbury”. Otro es la nueva versión y el aspecto completamente diferente que dan a “Deshacer el Mundo” con respecto a la original de Héroes del Silencio. Además, la sincronización de la pantalla con la interpretación del tema introduce al público mucho más en el sentir “bunburyano” que dan a esta canción.

“El Rescate”, “Los Habitantes” y “Salvavidas” son la antesala de otro de los platos fuertes: “El Hombre Delgado que no Flaqueará Jamás”. A estas alturas del concierto, a mi personalmente, ya me dolían las manos de aplaudir, algo que seguro compartía con el resto del auditorio y que, al igual que ellos, no fue impedimento para seguir igual hasta terminar el concierto. Sin duda que lo mereció.

“Hay Muy Poca Gente”, “Frente a Frente”, “Que Tengas Suertecita” y “De Todo el Mundo” mantienen al público en un estado de atención y devoción constante que se ve especialmente incentivado cuando llega “Sí” y la final “Lady Blue”, tras la cual nuestro platillo vuelve a buscar a Enrique, como si de un ser de otro planeta se tratase. La verdad es que tiene un halo de inmortal, una aureola de estrella que sabe explotar y con la que maneja las emociones y la entrega de un público que le adora. Un Dios con mayúsculas que no deja de sorprender y agradar a sus súbditos (afortunadamente, súbditos musicales).

Llegados los bises la banda se muestra relajada, el ambiente cambia completamente y tras una tremenda ovación (otra) en su regreso al escenario arrancan con “Prisioneros” y descargan un “Infinito” que clava la punta más alta de la noche. Tras ella, una segunda retirada que desemboca en un segundo bis de tres temas. Seguramente con cualquier otro artista se hubiera visto reducida la cantidad de público. Con Bunbury no nos hubiera importado que tocasen otras diez. O quince. Nadie dejaba su localidad.

Llegaron entonces “Bujías Para el Dolor”, “Sácame de Aquí” y para finalizar “El Viento a Favor”, momento en que se cayó el auditorio y tras presentar a Los Santos Inocentes, Enrique Bunbury tuvo el detalle de desaparecer de escena y que la ovación final se la llevase su banda. Grande Bunbury.

No quedó duda de la redondez del concierto, de que sació con creces el hambre del público y de que este año de retiro se nos va a hacer muy largo a todos. Hubiéramos dejado todos los que estábamos allí que empezasen otra vez y tocasen las 26 canciones de la noche de nuevo. U otras 26.

En palabras del propio Enrique “fue un gusto cantar para ustedes” y en las mías “fue un gusto disfrutar de su voz, su música y su espectáculo”. Uno de esos Artistas a los que se ha de poner con mayúsculas y que, lamentablemente, hoy en día escasean.

 

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