La Maravillosa Orquesta del Alcohol

Laboratorio de las Artes de Valladolid (17 de noviembre de 2017)

Texto: Pablo García
Fotos: Javier Ayuso


Nueve en punto de la noche. Mucha gente en la cola, mucha cerveza y buen rollo. El ambiente perfecto antes de que diera comienzo uno de los conciertos de la temporada en Valladolid. Todavía faltaba hora y media, pero la atmósfera que se respiraba ya a las puertas del Laboratorio de las Artes de Valladolid era inmejorable. La Maravillosa Orquesta del Alcohol se ha convertido por méritos propios en una banda con una gran legión de fans que los acompaña, ya sea en festivales, conciertos individuales, presentaciones de discos en las calles… En muchas ocasiones, un grupo de himnos, más que de canciones. Y, si a eso le sumamos el hecho de ser burgaleses y la cercanía castellana con Valladolid, se preveía el  cóctel perfecto.

Salvavidas (de las balas perdidas) lleva apenas dos meses en las calles, y ha conseguido tener una gran repercusión. Sus dos singles de presentación acumulan casi un millón de visitas entre ambos en YouTube, y en octubre ya eran el segundo artista más escuchado en Spotify en España. Nada mal para un grupo nacido en un garaje burgalés, cuya máxima es el esfuerzo, letras cargadas de poesía y una mezcla de folk-rock.

Con una sala LAVA llena mientras todavía sonaban las canciones pre-concierto por los altavoces (Hurricane de Bob Dylan, Reach for the Sky de Social Distortion, etc.) comenzaban a chorrear cerveza los grifos de la barra. Algún adelantado compraba ya su disco o camiseta, otros charlaban impacientes… Y, de repente, las luces. Síntoma inequívoco de que David Ruiz y los suyos saltaban al escenario. Dos horas y más de 25 canciones de concierto donde quedó reflejado que “perder la voz cantando una canción es la mejor medicación”.

Canciones nuevas y de los dos anteriores discos en castellano (hay que recordar que La M.O.D.A. comenzaron con el inglés) rellenaban un completo set list que el público entonó a la perfección mientras bailaba. Un primer tramo que, sorprendentemente comenzaba con ‘Nubes negras’, de su anterior disco, La Primavera del Invierno, para continuar con ‘Mil demonios’, ‘La inmensidad’ (primer single de Salvavidas de las Balas Perdidas) y ‘Una canción para no decir te quiero’. Sería difícil cuál de todas fue más coreada y disfrutada, pero sin duda fue un pistoletazo de salida perfecto, con un sonido que acompañaba con creces.

Pocas presentaciones y pocos preámbulos. Todo el mundo sabía quién estaba en el escenario, y las canciones iban rodando una detrás de otra como un reloj. ‘Amoxicilina’, ‘Suelo gris’ o ‘Disolutos’ dejaban ver que el grupo no ha perdido su esencia. Fieles a un estilo, eran muy disfrutadas por el público, lo que se reflejaba en el escenario con unos músicos muy enchufados. Y es que agotan entradas por algo, con un público muy heterogéneo y un directo trabajado, donde los siete artistas saben cómo actuar y dónde encajar los diferentes instrumentos, ya sean guitarras, acordeón, clarinete o saxofón.

Llegados a la mitad del concierto, se comenzaba a ver gente a hombros, gente que bailaba por los cualquier lado del LAVA e incluso a 2.000 personas corear en euskera en plena Valladolid con ‘PRMVR’, donde hay que recalcar la labor de Gorka Urbizu de Berri Txarrak en la versión de estudio de este tema. El nivel de energía continuaba como al principio, algo también digno de admirar, donde el público ni se molestaba en sacar el móvil para hacer fotos o vídeos, algo difícil de ver hoy en día, y sí gente a hombros.

Con ‘Flores del mal’ invitaban al escenario al rapero Erik Urano a cantar durante unos minutos de la canción, donde el choque entre estilos gustó a la gente y donde el ritmo iba in crescendo. Un momento más desenfadado y con mucho baile. ‘Vals de muchos’, ‘Océano’ y ‘Vasos vacíos’ parecían el fin, pero tenían que sonar todavía ‘Los hijos de Johnny Cash’, ‘Los lobos’ y ‘La vieja banda’, dedicada a Adán Ruiz, antiguo guitarrista que dejó la banda hace unos meses para emprender otros proyectos. “No podemos olvidar a Adán Ruiz y el recuerdo de esos primeros ensayos en un garaje donde nadie sabía lo que estábamos haciendo, ni nosotros mismos”, eran las palabras de David.

Llegados a este punto el grupo dijo basta y desapareció entre bambalinas para reaparecer a los pocos minutos solo el propio David, quien se enfrentó a los allí presentes solo con su guitarra para interpretar ‘Campo amarillo’, lo que supuso el momento más emocionante de la noche. Con la banda de nuevo fuera sobró tiempo para que el sudor volviera a su frente. Tanto ellos como el público sabían que se acercaba el fin, había que darlo todo. ‘Hay un fuego’ fue cantada a capella con el público. ‘La gente’, ‘Gasoline’ y ‘Nómadas’ pusieron la guinda a un pastel para el que faltaba ‘Héroes del sábado’. Aquí aparecieron entre el público tres personas con chupas y cazadoras pintadas al estilo videoclip. Ahora sí, terminaba una noche para el recuerdo de una gira que acaba de empezar y una banda a la que todavía le queda folk por tocar y poesía por cantar.

 

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