Xavier Valls
pintor.                                                                                                   (1923 - 2006)

In memoriam ...

por Jordi Valls
Londres, 24 octubre, 2006

Xavier Valls en 1944, por Otto Lloyd
Xavier Valls, retrato de Otto Lloyd, 1944,
en su casa del Putxet (Barcelona)

Mi tío el pintor Xavier Valls, recientemente fallecido en Barcelona, vivió en Paris desde el año 1949 hasta su muerte, aunque pasó todos sus veranos en Horta, el barrio de Barcelona donde nació.
En Paris vivía y tenía su estudio en un espacioso ático frente a la catedral Notre Dame y el río Sena.
En Barcelona pasaba sus veranos en su torre jardín de Horta, donde recibía un sin fin de visitas junto a su inseparable esposa Luisa, pues Xavier fue un excelente raconteur , y tenía buenos amigos en todas partes.

figues i aiguardent, 2001
Figues i aiguardent (París, 2001)

La pintura de Xavier aunque realista para mi está mas cerca de Rothko por su envoltura atmosférica que de cualquier otro pintor figurativo. El historiador y crítico de arte Julián Gállego comparaba sus cuadros con la teoría de la cristalización de Stendhal, es decir, después de sublimizar con nuestro espíritu el objeto de nuestro deseo encontramos y descubrimos todavía nuevas perfecciones hasta conseguir la cristalización absoluta de esta esencia voluptuosa transformada en diamante. Sus lienzos, en gran parte still life, son como altares litúrgicos metarrealistas, que parecen envueltos en el perfume de la música callada de su gran amigo el compositor Frederic Mompou. Xavier es conocido como el pintor del silencio. A menudo comparan su pintura con Morandi, Balthus, Chardin y Georges de La Tour; especialmente este último por su minuciosidad en el detalle y el sentido de lo sagrado. En su obra predomina la luz, pero no solamente la luz exterior de las cosas, sino también la luz interior de los objetos. Su talento nos muestra un mundo onírico y sensual, es un pintor etéreo y metafísico. La paradoja es que Xavier siendo un pintor figurativo aseguraba que aprendió más de los artistas abstractos que de los realistas, pues decía que la mayoría de estos pintores hacen una pintura sin belleza ni misterio, mas bien miserable.

nu au canape, Xavier Valls
Nu au canapé, Paris, 1964

Al cumplir 80 años, Xavier Valls escribió sus memorias: La meva capsa de Pandora. En este libro nos desvela su vida con exquisita malicia y sentido del humor. El texto es un festival dedicado a sus íntimos amigos de siempre pero al mismo tiempo también nos cuenta anécdotas de gente tan conocida como Louis Aragon, Balthus, Picasso, Tristan Tzara, Reverdy, Giacometti, Zervos, Tàpies, Alejo Carpentier, Eugeni D'Ors, José Bergamín, Fernand Léger, etcétera. En la capital francesa, Xavier también conectó con el grupo de intelectuales y artistas exiliados de la república española que se reunían allí. Se relacionó muy estrechamente con Luís Fernández, Fermín Aguayo, Rafael Lasso de la Vega, Guillermo de Torre, María Zambrano, Antonio Quirós, Jaime de Valle-Inclán, el antes mencionado Julián Gállego, Palau i Fabre, Oscar Domínguez, Manuel Angeles Ortiz, Orlando Pelayo, Bores, Peinado, etcétera.

Xavier Valls, bodegon
Nature morte au pavot, Paris, 1971

Junto a estas líneas podemos ver un retrato de Xavier cuando tenía 21 años fotografiado en Barcelona por su amigo el artista Otto Lloyd marido de la pintora Olga Sacharoff. También observamos cuatro pinturas de diferentes épocas, incluyendo un pequeño vanitas, una imagen muy íntima pues la calavera encima del pincel es su propio autorretrato post mortem realizado un año antes de su muerte. En el cuadro leemos en latín una máxima de Ana de Bretaña, 1477-1514,  ‘Antes la muerte que envilecerse'. Un memento mori lleno de premonición para atesorar toda la vida de este orfebre de la pintura, el gran pintor Xavier Valls.

Vanitas, by Xavier Valls
Vanitas (París, 2005)

Jordi Valls
Londres, 24 octubre, 2006


notas de prensa

ANÁLISIS
La luminosa caja de Pandora de Xavier Valls
FRANCISCO CALVO SERRALLER
EL PAÍS  -  Gente - 19-09-2006

Cuando se plasma por escrito la ceremonia de un adiós definitivo, en este caso, la del gran pintor catalán Xavier Valls, hay que saber equilibrar lo que afecta personalmente esta despedida a quienes tuvimos el privilegio de disfrutar de y con su amistad y lo que constituye su legado universal, que es su obra. Es un equilibrio más difícil en el caso de Valls, porque su vida y su obra se confundían en un talante común, un estilo de ser y de hacer ciertamente inseparables. Es algo que lo pudo comprobar quien leyese sus memorias, publicadas hace tres años, con el sugestivo título de La meva capsa de Pandora, en la que este hombre refinado, discreto, elegante y culto rendía cuentas a través de los recuerdos de su muy rica e interesante trayectoria vital, que discurrió en sus tres cuartas partes en París, ciudad a la que llegó en 1949 y donde se instaló definitivamente. En todo caso, a pesar de las dificultades que Valls tuvo que padecer, y que, en buena parte, se deducen sólo tirando del hilo de la época en que le tocó vivir, la de la posguerra española y, ya en París, la de la posguerra mundial, en su rememoración escrita, más que sombras y monstruos, salen luces: las de la pasión creadora que le llevó a fraguar un estilo personal contra los vientos y las mareas de las modas, pero también las de su peculiar personalidad, cortada por el patrón de conocer y gozar los dones de la existencia a través de su admiración por lo mejor y los mejores.Éstos enseguida lo admitieron y estimaron, lo cual no es poco porque trabó amistad con Tristán Tzara, André Salmon, Christian Zervos, Giacometti, Balthus, Pierre Klossowski, Vladimir Jankélévitch, Alejo Carpentier, etcétera, pero también con los españoles por entonces trasterrados en París, como, al margen de la tropa de colegas, Luis Fernández, María Zambrano, José Bergamín o Julián Gállego.

Artísticamente, aunque cuando fijó su residencia en París Valls ya había mostrado sobradamente su inquietud y su calidad, está claro que fue en la capital francesa, durante las competidas y complicadas décadas de 1950 y 1960, donde maduró su estilo y se hizo reconocer. Su forma de concebir la pintura tuvo que ver con el sutil mundo de Seurat y de Morandi, el de la móvil inmovilidad de la naturaleza y de las cosas, pero sin perder nunca su toque antropológico personal, que era el suyo y del de la cultura mediterránea. Esta clase de artistas, en la que se encuadró Valls, no son proclives a cambios espectaculares, sino a ahondar y a decantar, forma y contenido, el mundo que les interesa. En cualquier caso, era tal la sofisticación y la exquisita sensibilidad de Valls que no pudo pasar inadvertido en el mundo artístico francés, donde siempre fue muy respetado.
Paradójicamente, tardó más en obtener el reconocimiento debido en su país natal, pero, afortunadamente, durante el último tramo de su vida, desde aproximadamente 1975 en adelante, también lo logró, exponiendo regularmente en Madrid y Barcelona, donde llegó a tener un importante conjunto de fieles seguidores.

Xavier Valls es un caso único en el arte español, donde ha habido muy pocos creadores que rompan con la dialéctica del "dentro" y el "fuera", la del ensimismamiento castizo o la vanguardia rampante siempre enfrentados. Valls, en efecto, no pudo ser más cosmopolita y, sin embargo, sabiendo elegir sólo lo que más cuadraba con su peculiar sensibilidad. A partir de ahora, su obra hablará por él, pero en ella también la apertura de su caja de Pandora será luminosa.

la caja de Pandora
La meva capsa de Pandora, (2003)

ABC
Fallece Xavier Valls, pintor del silencio
JUAN MANUEL BONET
Lunes, 18 de septiembre de 2006


Tras corta enfermedad, ha fallecido en su Barcelona natal Xavier Valls, una de las grandes voces secretas de la pintura catalana y española de la posguerra. Nacido en 1923 en el barrio de Horta, célebre por su Laberinto, Valls vivió como niño los desastres de la guerra civil y la inmediata posguerra. Su carrera la inició cerca de veteranos como Olga Sacharoff o Manolo, y de compañeros como Ramón Rogent, José María de Martín, Albert Ràfols Casamada o Maria Girona.
En 1949, Valls llegó a París gracias a una beca. Dos años después, se instaló en una casa del Quai de l´Hôtel de Ville donde vivió el resto de su vida, y desde cuyas ventanas se contempla una bellísima vista lateral de Notre Dame y del Sena, objetos ambos de no pocos de sus cuadros, entre los cuales hay alguno con barcaza, y alguno con nieve.
Entre los primeros faros del Valls de los años iniciales en París, destaca Luis Fernández, que le contagió el amor por la construcción y el silencio.
Alejado de la abstracción, entonces dominante, Valls supo construir, morosamente, un mundo, sí, silente y esencial. Hermano espiritual de Zurbarán, Vermeer, Hammershoi, Morandi, Balthus -con el que compartió galerista en la figura de Henriette Gomès-, el citado Luis Fernández o Cristino de Vera, fue un extraordinario bodegonista. También excepcionales son sus luminosos interiores con o sin figuras, sus aludidas vistas urbanas de París, sus paisajes... A propósito de estos últimos, hay que decir que amaba especialmente los de Suiza -el país natal de Luisa, su mujer-, Italia, el Penedés, y Mallorca: paisajes siempre en orden, en calma...
Pintor culto como pocos, Valls fue amigo de Ricardo Viñes, Mompou, Montsalvatge, Bergamín o Gabriel Ferrater. También trató a Rafael Lasso de la Vega, cuya «Galería de espejos» se editó a partir de un ejemplar manuscrito que él conservaba; a Jaume Agelet i Garriga, al que ilustró; a Alejo Carpentier, que escribió sobre su obra; al filósofo y musicólogo Vladimir Jankélévitch, que también lo hizo, y cuyo piano le llegaba a veces en la noche, desde la vecina Île Saint Louis.
Valls, cuya obra han glosado además con pertinencia, entre otros, Marià Manent, Julián Gállego, Antonio Bonet Correa, Miguel Fernández Braso, Antoni Marí o Juan Pedro Quiñonero, fue objeto de diversos reconocimientos, destacando su retrospectiva ministerial madrileña de 1982, la Medalla de Oro de las Bellas Artes que recibió en 1993, y el Premio Nacional que en 2000 le otorgó la Generalitat catalana.
En 2003 El Acantilado publicó las muy entretenidas memorias del pintor, en las que salen muchos de los amigos a los que he hecho referencia, y también algunas de sus bestias negras, contra las que usó su proverbial sentido del humor.
En la última y espléndida individual de Valls, celebrada el año pasado en la galería Juan Gris de Madrid, nos impresionaron especialmente, además de una nueva vista del Sena, un par de obras de especial pureza, inspiradas en Venecia: claros enigmas.

 

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