Javier García Prieto

Óleos

La del pintor siempre ha sido una tarea de índole personal. La virtud de pintar tiene más que ver con la capacidad de volcarse en un lienzo que con la manera de hacerlo. Hay quien se obsesiona con defender la pintura como una acción que tiene por objeto representar la naturaleza, otros incluso han llegado a intuir que el fin es la búsqueda de la belleza. Hay profetas que avanzan ya la muerte de la pintura porque debe ser imposible que la pintura acepte un discurso conceptual. Para ellos este medio resulta anacrónico. Otros pensadores advierten que la impronta del pintor, su fuerza o delicadeza, su gesto y siempre su temperamento deben quedar reflejados en la obra y que ésta, si es pintura, refleja mejor que ninguna otra técnica la manifestación creativa. Es muy posible que todos tengan su parte de razón aunque pienso que es una parte tan escasa que no merece consideración alguna. La pintura tiene tanto futuro como lo tiene la capacidad creadora del ser humano. Fue la primera manifestación creativa del hombre que se conserva y además, es posible que desde un principio el artista no sólo le interesó “copiar” lo que le rodeaba sino que, para él, esta acción tenía también otras consideraciones. Que entiende que la del pintor es una tarea semejante a la del explorador piensa como yo. Me interesa el pintor que explora y desarrolla dando satisfacción a su capacidad de curiosidad insaciable e inagotable. Una de las características más importantes de todo pintor insaciable es la de ser infiel a sí mismo. Recuerdo aquella frase de mi admirado amigo Francisco J. De la Plaza a propósito de la obra de García Prieto “vive la pintura con casi todas las preposiciones... interpuestas entre los pronombres”. Prácticamente todas las reivindicaciones que se pueden hacer de la pintura, han tenido su tiempo en la obra de García Prieto dotándola de una importante personal absolutamente propia, sin matices ni excepciones.

Su búsqueda siempre ha tenido como último fin el encuentro con los aspectos que el pintor ha venido considerando como esenciales y que coinciden con una progresiva minimalización de su trabajo. Su obra ha sido una huida permanente: escapar del artificio y de las anécdotas superfluas ha venido siendo una constante en sus diferentes etapas especialmente de los últimos diez años. Un paseo por la obra de todo este tiempo evidencia esa necesidad imperiosa y casi vital de encontrar lo elemental no sólo del acto de pintar sino también del objeto, del cuadro. De la misma manera su proceso ha sido de alguna manera paralelo al de las últimas corrientes internacionales de la pintura. Si a mitad de los ochenta su pintura estuvo caracterizada por la presencia de la figura y por una apariencia levemente expresionista tanto en el gesto como en la plasticidad general, los trabajos posteriores comenzaron a interesarse más por una cierta preocupación conceptual a la que ha sido fiel hasta el momento. Romper con los elementos efectistas, y encontrar el sosiego en espacios dominados por un interés por lo abstracto a principios de la década y una cierta presencia figurativa como la exposición “Formas lineales, espacio dual” a partir de 1998 han marcado el inicio de su ruptura con una etapa de cierto expresionismo nórdico.

Posteriormente su pintura ha encontrado un espacio personal y propio marcado por tres cuestiones que se complementaban y construían un todo. Por un lado la estructuración del cuadro a partir de ciertas figuras básicas como el cuadrado y el rectángulo que lejos de ser únicamente una formulación compositiva se constituían como base temática. Por otro lado le eliminación del uso del color hasta la monocromía y, por último, la progresiva reducción textual hasta llegar al límite de la no-pintura. Este camino emprendido en solitario por García Prieto –las fechas de los cuadros, las exposiciones y los catálogos lo verifican-, fue seguido después por otros muchos pintores españoles de mucho mayor conocimiento público.

(Fernando Francés)

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