vírgenes necias
 

 

Las vírgenes necias ... (1970-71)

por Eduardo Gijón         

A nosotros el “annus mirabilis-horribilis” del 68 nos pilla muy lejos de Nanterre, de Berlin o Berkley. Somos quinceañeros bien criados, educados y adroctinados en un colegio de los padres jesuitas. Todos mozos, claro, aunque ya hay en nuestra panda algún loco que se atreve a pasear por la acera de enfrente. En general, estamos a punto de quemar la antepenúltima fase tormentosa de una larga crisis sexual y religiosa. (Supongo que todavía conservamos, después de casi medio siglo, las cenizas de aquella hoguera en el cofrecito de nuestros dementes corazones…).
A lo que vamos. El caso es que por alguna misteriosa razón, sin duda relacionada con la sensación persistente de estar hasta los huevos de todo, nos alcanza y desasosiega el eco de ese zumbido materialmente concreto que resuena extramuros de nuestro gueto dorado. Como a todos nos gustan las citas literarias y la Historia Sagrada, conocemos la parábola: las vírgenes necias son unas imprudentes que se van de juerga en cuanto el Señor se ausenta. ¡Que buena metáfora! (Creo recordar que fue Jorge Simón el primero en sugerirla). Ése tenía que ser el nombre de nuestro grupo de teatro. Por mi parte, desde hacía algún tiempo ya venía sublimando mis personales agobios por medio de una desaforada e ingenua entrega a la realización de mi auténtica vocación de autor (por cierto que muchos años después me habría de parecer que Walter Benjamin daba en el clavo cuando decía aquello de que uno de los grandes errores de la cultura europea moderna había sido el permanecer aferrada al “fetiche del Autor”…) Me desvío otra vez. La cosa era bien sencilla: yo garabateaba durante las tediosas clases de latín cuatro cosas o ladridos en el más puro estilo brechtiano de oídas. Luego, con los otros, Javier Semprún, Ignacio Merino (infiltrado de otros curas), etc. componíamos la versión definitiva. Y así hicimos nuestros primeros pinitos. Ni que decir tiene que a los curas les encantaba que representáramos nuestras provocativas obras en aquellos festivales de colegio al grito, por ejemplo, de “o los fusiles o las cadenas, uno solo no puede salvarse", etc. Desgraciadamente ya por entonces las chicas preferían a los rockeros.

Jorge Simón Eduardo Gijón Javier Semprún
Jorge Simón, Eduardo Gijón y Javier Semprún

Uno de nuestros mayores éxitos fue una pieza mía titulada “La barrera” que sintetizaba en menos de un cuarto de hora todos los problemas de la incomunicación interhumana. Con ella hicimos bolos por varios colegios e institutos de la ciudad, cosechando enormes abucheos regocijantes. Pero el verdadero salto cualitativo en nuestra carrera ya bien encarrilada se produjo con “La Pirámide”, del mismo autor. La vanidad y la alegría que al principio experimentamos por el logro de una obra de más vuelo y duración, por el reconocimiento y la colaboración del primer Teloncillo, por la ampliación de nuestras giras más allá de Valladolid, llegando incluso hasta Palencia, enseguida habrían de verse crudamente ensombrecidas por algunas reacciones críticas de orden ideológico que en nuestra inocencia político-festiva nunca hubiéramos podido imaginar. Resultaba que el meollo de la cuestíon que planteábamos se resolvía de la forma políticamente más inconveniente para la época. Resumo según recuerdo: en la cúspide de la Pirámide, Pancho Salvador, el Poder; a la clase media, Usillos y Chucho; en el proletariado, Jorge Simón, Javier Semprún y yo mismo. Tres niveles más característicos de una sociedad estamental que de una moderna sociedad de clases. Lo gordo, sin embargo, no era eso. La imperdonable metedura de pata consistía en que las tensiones y distensiones en los distintos niveles (nunca mejor dicho, pues todos estabámos enlazados por una goma elástica atada a nuestros cuellos, como nudos de una red poco piramidal, coreografiada por Usillos) tenían como desenlace circular la conquista de la libertad (adiós a la goma) por parte del último escalafón en connivencia difusa con la tropa media y vuelta a la entronización de un nuevo tirano que reproducía la misma estructura de dominación liquidada. En fin, acracia sin sindicato, estulticia política, nihilismo sin Nietzsche, revolución imposible, demasiada goma. Casi todo era cierto. Merecíamos muchos de aquellos tomatazos. Empezábamos a comprender que la mayoría de los artistas sobreviven gracias a la ensalada que preparan con esos nabos y tomates. Bien aliñada se puede cenar de madrugada.


Eduardo Fernández Gijón (marzo'07)
las fotos del Bestiario de GVich no son precisamente de los 70...

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