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    SEMANA INTERNACIONAL DE CINE DE VALLADOLID
                                           - 57 edición -
                                                      del 20 al 27 de octubre 2012

 
 

por Fernando Rodríguez Tapia

  El mundo a los 11 años y el guardián de las tradiciones africanas

La mejor opción cuando uno duda qué ver en Seminci es acudir a “Tiempo de Historia”. La sección de nombre imposible suele dar afortunadas y siempre elocuentes sorpresas.

Como “I am Eleven” (2011) un trabajo vitalista y sincero que recorre quince países para traer la visión que chicos y chicas de once años tienen del mundo que les rodea. Es una obra admirable y digna que permite al espectador retrotraer sus recuerdos a ese momento que la directora australiana Geneviève Bailey considera crucial. La obra parte de una situación dolorosa (la perdida del padre de la cineasta) que sirvió de motor creativo en su desarrollo (a modo de catarsis personal) y se otorga como “pieza de combate” no concluida: su labor continúa en su página web recogiendo nuevos testimonios y a la vez se ha creado una fundación para encontrar fondos y ayudar a una institución de Kerala (India) que recoge a niños y niñas en situación de exclusión social.

Sin duda un auténtico logro.

Por su parte, el músico y artista multidisciplinar Volker Goetze recoge la experiencia vital del músico senegalés Ablayé Cissoko y nos acerca a los espectadores la tradición africana del “Griot”. Una figura a medio camino entre el cronista, el poeta, el juglar, el folclorista y el guardian de las tradiciones de su pueblo cuya influencia ha traspasado fronteras e incluso continentes. Un trabajo interesante pero excesivamente complaciente por la fascinación que Goetze siente por el artista senegales. Curiosamente los mejores compases del filme los tenemos en su conclusión cuando el director abre el campo de acció a la situación real y política de Senegal, en un breve amago de concienciación social. Lo mejor vino a la conclusión del documental cunado Goetze y Cissoko interpretaron en directo varias piezas. Uno de esos improvisados momentos que siempre acabas recordando.

  Paganismo, Fronteras y Memoria

Tres formas de ver el cine desde el sello autoral que recorren caminos ya utilizados con mejor o peor fortuna por el cine más convencional.

“La Quinta Estación” (2012) de Peter Brosens y Jessica Woodworth ofrecía a priori una llamativa mezcla de “El Hombre de Mimbre” (1973), el cine fantástico australiano y la mirada distorsionadora de Michael Haneke. A posteriori, hay algo de todo ello pero sus directores aportan su propia mirada personal. Un rito fallido de alianza con la naturaleza en una pequeña población de las Ardenas provoca la irrupción de lo extraño en un espacio cotidiano desembocando finalmente en la ley de la supervivencia ante el caos creado. Encuadres asimétricos, puesta en escena gélida y concentrada, narración elíptica, ambiente reflexivo y misterioso. Una obra que busca la participación activa del espectador y que sucumbe finalmente en un plano final que desdice el hermetismo planteado por la película. Pese a ello una película interesante aunque en ocasiones transite caminos que el cine reciente más comercial ha conseguido incluso con mayor efectividad.

La inexplicable fiebre mexicana que ha presidido el festival este año tuvo su presencia activa en la sección oficial con “La vida precoz y breve de Sabina Rivas” (2012) de Luis Mandoki, director que ha trabajado en ambos lados de la frontera con mejor o peor fortuna en los resultados. Como otros cineastas, su vuelta a México es para adaptar una novela que se plantea como denuncia social de la situación actual de su país que el director define como “guerra no declarada”. La historia se desarrolla en un escenario poco conocido, las lindes entre Guatemala y México, en un ambiente de corrupción y violencia, donde las bandas, la mordida, la criminalidad institucionalizada, la prostitución y la injusticia presiden la vida diaria. Su protagonista intentará salir sin fortuna del mundo sin luz que la toca vivir. Una obra correcta pero amoldada al gusto localista del culebrón y trufada de innecesarios y evidentes subrayados que empobrecen la narración. El premio otorgado a su protagonista nos parece excesivo.

Fernando Rodríguez Tapia

 

 

 

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